La diversificación constituye uno de los pilares esenciales en la gestión de carteras. Da igual si se trata de unos pocos miles de euros o de millones: el principio es el mismo, es imprescindible apostar por activos diversificados, es decir, diferentes y, al menos en parte, no correlacionados entre sí.
En la práctica, esto no significa simplemente evitar concentrar toda la inversión en un solo valor. Implica incluir en la cartera distintas clases de activos, procedentes de diferentes zonas geográficas y sectores económicos. El objetivo no es maximizar el beneficio —es normal, por ejemplo, que un único valor pueda ofrecer un rendimiento superior al de toda una cartera—, sino reducir el riesgo. O, dicho de otro modo, mejorar el perfil riesgo/rentabilidad amortiguando la volatilidad. ¿Cómo se consigue esto?
Diversificación y descorrelación
Cuando una cartera está excesivamente concentrada, su rendimiento depende en gran medida (y, en el peor de los casos, exclusivamente) de la evolución de unos pocos factores: crisis políticas, ralentizaciones económicas en una región concreta o crisis sectoriales.
Pongamos un ejemplo extremo: si un inversor decidiera destinar todos sus ahorros a las acciones de una empresa estadounidense especializada en inteligencia artificial, estaría supeditando el resultado exclusivamente a una sola compañía, de un segmento específico (la IA), dentro de un sector determinado (tecnología) y en un único mercado nacional (Estados Unidos). Bastaría con unos resultados trimestrales negativos, dudas de los analistas sobre el futuro del sector o una regulación restrictiva para que toda la cartera se viera afectada.
Por supuesto, el mundo de la inversión no está compartimentado de forma estanca. Es prácticamente imposible que un solo acontecimiento afecte únicamente a un sector. Si el sector tecnológico se resiente, es probable que la economía estadounidense en su conjunto también se vea afectada. Precisamente por ello, la diversificación cobra aún más importancia, ya que el universo financiero está formado por complejas interconexiones.
Como ya se ha mencionado, los activos no solo deben ser diferentes, sino también descorrelacionados, es decir, estar impulsados por factores distintos. Volviendo al ejemplo anterior, no existiría una verdadera diversificación si una cartera estuviera compuesta por diez acciones, todas ellas de empresas tecnológicas estadounidenses. La exposición a un solo sector y a una única región sería excesiva. Entonces, ¿cómo diversificar correctamente?
Diversificación geográfica
La diversificación geográfica consiste en distribuir la inversión entre activos de distintas regiones del mundo. Estados Unidos, la Unión Europea, los países emergentes y China presentan ciclos económicos diferentes, políticas monetarias propias y ritmos de crecimiento distintos.
Las variables que influyen pueden ir más allá del ámbito estrictamente financiero: normativas más o menos restrictivas, equilibrios geopolíticos, conflictos o catástrofes naturales, por ejemplo, pueden tener un impacto considerable en mercados concretos.
La diversificación geográfica permite evitar que una posible crisis regional comprometa el rendimiento de toda la cartera y ayuda a compensar la desaceleración de una zona con el crecimiento de otra.
Diversificación sectorial
Junto a la dimensión geográfica, es fundamental considerar la diversificación sectorial. No basta con invertir en diferentes sectores; es necesario que los activos no reaccionen de la misma manera ante las mismas variables. Existen sectores más sensibles a la inflación y otros menos, algunos cíclicos (que se benefician de una economía en expansión, como el sector del automóvil) y otros defensivos o anticíclicos (que resisten mejor durante las crisis o incluso se benefician de la desaceleración económica, como el sector sanitario).
Riesgo, volatilidad, rendimiento
Una cartera diversificada es, en esencia, una cartera equilibrada, capaz de aprovechar las oportunidades que ofrece un determinado contexto económico-financiero, pero también de gestionar eficazmente la incertidumbre y los periodos más complicados.
El objetivo final no es maximizar el beneficio ni eliminar el riesgo —que es inherente a la inversión—. El verdadero objetivo es mejorar el perfil riesgo/rentabilidad y el binomio rentabilidad/volatilidad.
De hecho, la diversificación permite reducir las fluctuaciones: suaviza los picos, lo que posibilita alcanzar rendimientos potencialmente superiores con el mismo nivel de riesgo y volatilidad, o bien obtener rendimientos similares asumiendo un riesgo y una volatilidad menores.