Hoy incorporamos dos ingredientes clave adicionales: las divisas y los derivados financieros. No son activos que siempre se vean a simple vista, pero tienen un papel fundamental en la cocina de la inversión. Las divisas permiten acceder a oportunidades fuera de nuestras fronteras y diversificar riesgos, mientras que los derivados funcionan como herramientas de ajuste y protección, similares a los condimentos que ayudan a controlar el resultado final del plato.
Antes de que los gestores se pongan manos a la obra, conviene entender qué son, cómo funcionan y para qué se utilizan estos dos ingredientes. Solo así podremos comprender mejor las decisiones que se toman dentro de un fondo de inversión.
Divisa
Una divisa es el valor de una moneda fuera de su país. Para los europeos que utilizan euros como moneda local, el dólar es una divisa. Los países que importan y exportan bienes y servicios las utilizan al realizar transacciones internacionales, incluidos los servicios financieros como el servicio de inversión. La divisa es, por tanto, un medio de pago en moneda extranjera.
El precio al que se compra una divisa se llama tipo de cambio comprador; al que se vende, cambio vendedor. Para convertir el valor de una divisa en otra debemos conocer su cotización o tipo de cambio, el precio de compra o venta en el mercado de divisas o mercado de tipos de cambio, que fluctúa a diario dependiendo de la oferta y la demanda. Al convertirla, pagamos una comisión al banco. Este mercado internacional se conoce como Foreing Exchange o FX. En él, las operaciones se cierran entre las partes mediante contratos.
Las divisas son activos de riesgo por su volatilidad y porque muchos factores pueden afectar su valor: algunas dependen del movimiento de materias primas, otras de la exportación de bienes y servicios, y otras son sensibles a etapas de euphoria o pánico.
¿Por qué comprar activos denominados en otras divisas?
Porque algunos proporcionan más rentabilidad cuando suben los precios de determinadas materias primas, o cuando crecen otras economías, o si tienen tipos de interés más altos. También para buscar refugio y proteger el dinero si las circunstancias económicas o políticas de un país hacen que su moneda pierda valor frente a otras divisas.
Si vas a comer grasas o picante y no te sientan bien, ¿llevas un protector de estómago? Si adquieres un activo financiero, ¿te parece prudente asegurarlo?
Derivados financieros
Un derivado financiero es un contrato entre dos partes en el que se plasma el compromiso de comprar o vender, en un plazo y a un precio preestablecido, un determinado activo. Los derivados dan la opción de poder fijar hoy el precio al que se comprarán o venderán los cuatro ingredientes básicos en el futuro: bonos, acciones, materias primas y divisas. Por sí mismos no tienen valor, su valor depende del cambio de valor de otro activo (bonos, acciones, materias primas, divisas...), denominado activo subyacente.
Al utilizar derivados no es necesario desembolsar el cien por cien del capital a invertir, solo una parte llamada garantía. Por eso, una de las funciones del derivado es incrementar la liquidez.
La otra, es proteger de los riesgos que pueda tener un fondo de inversión, o los activos que lo integran.
Fuente: Libro Mi primer fondo de inversión de la Fundación María Jesús Soto
¿Dónde se negocian los derivados?
Depende, pues hay varios tipos: futuros, opciones, forward, swaps... En España está el Mercado de Futuros (MEFF), pero las plazas más grandes son Chicago, Londres y Frankfurt.
La cámara de compensación de los mercados de futuros y opciones, llamada cámara de contrapartida, es una sociedad donde se registran los contratos realizados en estos mercados para garantizar su cumplimiento. Las partes no se obligan entre ellas sino ante la cámara, que actúa como comprador frente al vendedor y como vendedor frente al comprador.
En definitiva, las divisas y los derivados financieros no son ingredientes secundarios, sino herramientas fundamentales en la gestión de una inversión bien equilibrada. Las divisas permiten diversificar, acceder a oportunidades globales y, en determinados contextos, proteger el patrimonio frente a riesgos económicos o políticos. Los derivados, por su parte, actúan como mecanismos de ajuste y protección: no buscan tanto aportar rentabilidad por sí mismos, sino controlar riesgos, mejorar la eficiencia y asegurar el resultado final.
Como ocurre en la cocina, no se trata de usar todos los ingredientes a la vez, sino de saber cuándo, cómo y en qué proporción añadirlos. Entender su función ayuda al inversor a valorar mejor las decisiones que toman los gestores y a comprender que, detrás de cada fondo de inversión, hay una receta cuidadosamente diseñada para adaptarse a distintos contextos de mercado.