Ingredientes básicos o activos

La cocina financiera 3 min. de lectura
Antes de añadir especias o técnicas más complejas, toda receta financiera parte de tres ingredientes fundamentales. Son la base del plato y determinan en gran medida su sabor, su textura y su resultado final: renta variable (acciones), renta fija (bonos) y materias primas.

 

Se puede invertir en el mercado financiero gracias a los activos financieros.

La clave está en saber escoger los mejores activos y combinarlos bien. Lo mismo pasa con los ingredientes que se cocinan en un restaurante para crear las recetas del menú.

Empecemos por los tres más conocidos.

Renta variable o acciones

La renta variable sería el ingrediente más dinámico de la cocina financiera, el que aporta crecimiento y carácter al plato. Cuando compramos acciones, lo que hacemos es adquirir una pequeña parte de una empresa, convirtiéndonos en socios de su proyecto.

Si a la empresa le va bien y crece, el valor de nuestras acciones puede aumentar; si atraviesa dificultades, su precio puede bajar. Por eso se llama renta variable: porque su resultado no está garantizado y puede variar con el tiempo. El precio de las acciones se forma en los mercados de valores y cambia continuamente en función de la oferta y la demanda. Factores como los beneficios de la empresa, sus perspectivas de futuro, la situación económica o el clima de confianza de los inversores influyen en su evolución.

Invertir en renta variable es como cocinar a fuego vivo: puede generar grandes beneficios, pero también exige aceptar cierta volatilidad. Por eso suele utilizarse con un horizonte de largo plazo, cuando hay tiempo para que los altibajos se suavicen y el plato alcance su punto óptimo.

Renta fija o bonos

La renta fija representa la parte más estable y predecible de la receta. En lugar de comprar una empresa, aquí el inversor presta dinero a un emisor —un Estado, una empresa o una institución— a cambio de recibir unos intereses y recuperar el capital en una fecha pactada.

Este compromiso se recoge en un bono, donde se definen desde el inicio el importe prestado, el interés y el vencimiento. Es como seguir una receta tradicional: sabemos qué ingredientes usamos y cuál debería ser el resultado final, aunque el proceso pueda tener pequeñas variaciones.Los bonos también se compran y venden en los mercados, y su precio puede subir o bajar según la evolución de los tipos de interés o la solvencia del emisor. Por eso, aunque se llame renta fija, no está libre de riesgo.

En una cartera de inversión, la renta fija suele actuar como el ingrediente que aporta equilibrio, suavizando los movimientos más bruscos y dando consistencia al conjunto, igual que una base sólida en cualquier plato bien elaborado.

Materias primas

Las materias primas serían los ingredientes naturales y esenciales, los productos básicos con los que se elaboran otros bienes: energía, metales o alimentos. Hablamos de activos como el petróleo, el gas, el oro, la plata o productos agrícolas como el trigo o el café.

Su precio se determina en los mercados internacionales y depende sobre todo de la oferta y la demanda, pero también de factores externos como el clima, los conflictos geopolíticos o el ritmo de crecimiento económico.

Las materias primas suelen comportarse de manera diferente a las acciones y los bonos, lo que las convierte en un buen complemento para diversificar una cartera. Algunas, como el oro, se utilizan además como activo refugio en momentos de incertidumbre, cuando los inversores buscan proteger su capital.

 

En la cocina financiera, las materias primas aportan variedad y protección, pero su uso requiere cuidado: son ingredientes volátiles, que deben añadirse en la proporción adecuada para no alterar el equilibrio del plato.

Con esta base: acciones, bonos y materias primas, la receta ya empieza a tomar forma, pero aún faltan dos ingredientes clave que ayudarán a dar equilibrio, protección y ajuste fino al plato final que veremos en otra entrada: las divisas y los derivados financieros.