Con nuestras inversiones conviene hacer un ejercicio parecido.
Las inversiones no llevan impresa una fecha de caducidad, pero nuestros objetivos sí tienen un plazo. Unas vacaciones el próximo verano, la entrada de una vivienda dentro de unos años, los estudios de nuestros hijos o la jubilación.
Saber cuándo vamos a necesitar ese dinero, es decir, cuál es nuestro horizonte temporal, es una de las primeras preguntas que deberíamos hacernos antes de invertir.
¿Cuándo voy a necesitar este dinero?
Imaginemos que tenemos dos cantidades iguales. Una la necesitaremos dentro de un año; la otra podemos mantenerla invertida durante diez o quince años.
Aunque el importe sea el mismo, no tendría por qué estar invertido de la misma manera. El tiempo que tenemos por delante influye en el riesgo que podemos asumir.
Si vamos a necesitar el dinero pronto, una caída de los mercados justo antes de recuperarlo puede dejarnos poco margen para esperar. En cambio, cuando nuestro objetivo está situado muchos años más adelante, tenemos más tiempo para atravesar periodos de volatilidad.
Por eso, antes de preguntarnos“¿dónde debería invertir?”, quizá convenga empezar por otra cuestión:“¿cuándo voy a necesitar este dinero?”
No todo lo que tenemos en la despensa es para hoy
Con nuestras finanzas sucede algo parecido. Podemos tener una parte de nuestro dinero disponible para imprevistos, otra destinada a un proyecto dentro de unos años y otra pensada para la jubilación.
Cada objetivo tiene su propio horizonte temporal y, por tanto, no todos necesitan la misma estrategia de inversión.
Esta forma de ordenar nuestras finanzas conecta con una idea que también aparece en los contenidos educativos de la Fundación María Jesús Soto: antes de tomar decisiones financieras conviene partir de nuestra realidad y nuestras necesidades, identificando primero los gastos y prioridades que debemos cubrir.
Esto ayuda a entender por qué una inversión que puede encajar para un objetivo a veinte años quizá no sea adecuada para otro que llegará el próximo verano. No se trata solo de cuánto queremos ganar o cuánto riesgo estamos dispuestos a asumir. También importa cuánto tiempo podemos mantener nuestro dinero invertido.
El tiempo también cuenta cuando hablamos de riesgo
Pensamos a menudo en el riesgo como una característica de la inversión. Sin embargo, nuestra capacidad para asumirlo depende también de cuándo vamos a necesitar el dinero.
Tener un horizonte más largo no elimina el riesgo ni garantiza mejores resultados. Lo que sí puede proporcionar es más margen para atravesar momentos de volatilidad sin vernos obligados a recuperar nuestra inversión precisamente en un mal momento.
Por eso, objetivo, riesgo y horizonte temporal deberían ir siempre de la mano.
Antes de elegir, mira la fecha
A la hora de invertir es fácil fijarse primero en la rentabilidad, en lo que están haciendo los mercados o en qué opciones parecen más atractivas. Pero quizá el punto de partida debería ser mucho más sencillo: ¿para qué estoy invirtiendo y cuándo voy a necesitar ese dinero?
Nuestras inversiones no tienen una fecha de caducidad escrita en el envase, pero nuestros objetivos sí tienen un calendario. Y tenerlo claro desde el principio puede ayudarnos a elegir mejor los ingredientes de nuestra receta financiera.