Ir al contenido

Seleccione otro perfil de inversor Seleccione su perfil de inversor para acceder a más contenido

Análisis de la huella medioambiental

Tecnología 7 min. de lectura
Viktoras Kulionis contextualiza el consumo de energía de la IA.

Para algunos comentaristas medioambientales, la IA es el equivalente a Eristictón, el mítico rey griego cuya maldición era sufrir un hambre voraz e insaciable.

En su opinión, la necesidad de recursos de la tecnología es tan extensa que su proliferación provocará un aumento de la demanda de electricidad, un agotamiento de los suministros de agua dulce del planeta y un pico en las emisiones globales de carbono. Si no se controla, la IA solo acelerará el cambio climático.

A primera vista, el argumento parece bastante convincente. La cantidad de energía necesaria para mantener los modelos de IA en funcionamiento es enorme.

Un informe financiado por el Departamento de Energía de EE. UU. prevé que el consumo de electricidad de la IA en EE. UU. podría aumentar de las decenas de teravatios hora que actualmente se consumen a entre 165 y 326 teravatios hora de aquí a 2028, una cantidad de energía suficiente para alimentar a uno de cada cinco hogares estadounidenses.

Sin embargo, si se profundiza más, los datos indican que la realidad tiene muchos más matices. El impacto medioambiental de la IA no es solo relativamente pequeño y, probablemente, manejable —especialmente si se compara con el de otras industrias— sino que la tecnología también tiene el potencial de mitigar las causas del calentamiento global. 

Problemas en centros de datos

Los centros de datos —los caballos de batalla de la economía digital y la IA— son la principal preocupación, sobre todo por la cantidad de energía que consumen.

Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), el consumo de electricidad de los centros de datos podría aumentar hasta un 15% de aquí a 2030.

El consumo de agua es otra cuestión que suscita preocupación. Para evitar que los semiconductores se sobrecalienten, los centros de datos bombean continuamente agua a través de lo que a menudo son grandes sistemas de refrigeración. Los más grandes pueden consumir más de 20 millones de litros de agua al día, lo que equivale al consumo diario de una ciudad de 50 000 habitantes.

A estas preocupaciones se añaden las emisiones de carbono. Una investigación de la Escuela de Economía de Londres ha descubierto que los centros de datos producen actualmente unos 400 millones de toneladas de carbono al año, una cifra que podría duplicarse hasta alcanzar los mil millones a finales de la década.

Sin embargo, la infraestructura de IA no es tan dañina para el medio ambiente como sugieren las cifras más importantes. El debate público suele carecer de un contexto clave.

Por un lado, su consumo energético es modesto en comparación con el de la mayoría de otras industrias. EE. UU. es la excepción, un dato que no resulta sorprendente dado que alberga tres cuartas partes de la capacidad informática mundial; allí, más de la mitad del aumento previsto del consumo eléctrico del país de aquí a 2030 será impulsado por la IA, según la AIE.

Sin embargo, a nivel global, el panorama es muy diferente. En todo el mundo, los centros de datos solo representan aproximadamente el 1% de todo el consumo de electricidad, y la IA solo representa una cuarta parte de esa cifra. Y aunque el consumo de energía de los centros de datos crezca al ritmo actual, solo contribuirá en aproximadamente un 10% en el aumento general de la demanda de electricidad esta década, afirma la AIE.

Resulta significativo que esa cifra es inferior a la contribución del transporte eléctrico, el aire acondicionado y muchas otras industrias de aquí a 2030 (véase la figura 1).

El consumo de agua también parece manejable. Los centros de datos representan mucho menos del 1% del consumo total de agua del mundo, y las cargas de trabajo relacionadas con la IA constituyen solo una cuarta parte de esa cifra.

Aunque estas cifras agregadas ocultan las dificultades de suministro que surgen cuando la infraestructura informática se encuentra en áreas con escasez de agua, el problema se puede resolver mediante una planificación más inteligente y unas normas de desarrollo más estrictas.

La huella de carbono de los centros de datos tampoco debería suponer un problema.

Son responsables de aproximadamente el 0,5% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, y la IA representa solo una fracción de esa cantidad.

Estos datos sugieren que es posible mantener controlada la contribución de la IA a las emisiones de gases de efecto invernadero y, por extensión, al cambio climático, y que no es la principal razón por la que los gobiernos y los reguladores deberían vigilar estrechamente su expansión.

Fig. 1 - Elevado consumo de energía

Proyecciones de la AIE* del crecimiento de la demanda de electricidad entre 2024 y 2030, TWh

Relativo frente a absoluto

Para ilustrar este dato no hay más que comparar la huella de carbono de la IA con la de muchas de las actividades diarias que los humanos realizamos de forma automática. Cuando viajamos, comemos y utilizamos dispositivos para mantener el calor en invierno o el aire frío en verano, las emisiones son mucho mayores que las que generaría una búsqueda con IA.

Para generar el mismo volumen de carbono que la producción y preparación de un solomillo, por ejemplo, se deberían realizar 617 000 consultas de IA en Gemini, el motor de búsqueda de IA de Google. Por su parte, un vuelo de ida y vuelta en clase ejecutiva desde una ciudad europea a la costa oeste de EE. UU. emite tantas emisiones de carbono (3,8 toneladas) como 6000 consultas de IA al día durante 60 años.

La misma importancia en cualquier análisis de la huella de carbono de la IA tiene el uso de energía renovable de los centros de datos.

Los centros de datos son grandes usuarios de electricidad limpia. Actualmente, representan más del 30% de todos los acuerdos de compra de energía (PPA), contratos especiales en virtud de los cuales los usuarios de energía acuerdan comprar electricidad renovable a precios previamente acordados durante un máximo de 20 años. A medida que los PPA se convierten en la opción predeterminada para los centros de datos, es de esperar que, en lugar de crecer, la huella de la IA se reducirá.

La huella positiva de la IA es potencialmente muy grande. La tecnología no solo puede utilizarse para desarrollar mejores modelos climáticos, sino que también puede ayudar a las empresas a utilizar los recursos de forma más eficiente y a reducir los residuos.

Huella positiva frente a huella de carbono

Otro problema que se diluye en el debate público sobre la huella medioambiental de la IA son las posibilidades de la tecnología para reducir las emisiones. Si se utiliza de forma inteligente, la IA tiene la capacidad para ayudar a industrias enteras a reducir su huella de carbono. Este hecho también rige con respecto a sectores altamente contaminantes y difíciles de eliminar, como la industria pesada, la construcción, la agricultura y el transporte.

Por ejemplo, en materia de aviación. Actualmente representa alrededor del 3% de las emisiones mundiales. Una gran parte del impacto que causa un avión en el clima se produce en forma de estelas de condensación: las nubes blancas de vapor que emiten los motores a reacción. Sin embargo, los investigadores han descubierto que, si se utiliza la IA para predecir y evitar las rutas que producen estelas de condensación persistentes, es posible reducir la formación de tales nubes en más de la mitad. Por sí solo, este uso supone una reducción estimada del potencial de calentamiento global de alrededor del 0,5%, lo que podría superar la huella actual de la propia IA.

La capacidad inherente de reducir las emisiones generadas por la IA es lo que la industria de productos medioambientales denomina la huella de carbono positiva de una tecnología. Al contrario que una huella de carbono, la huella positiva constituye una tecnología cuya implementación generalizada puede tener un efecto sistémico positivo en las emisiones de gases de efecto invernadero. La huella positiva de la IA es potencialmente muy grande. La tecnología no solo puede utilizarse para desarrollar mejores modelos climáticos, sino que también puede ayudar a las empresas a utilizar los recursos de forma más eficiente y a reducir los residuos.

Ninguno de estos aspectos puede desechar en su totalidad las preocupaciones que la IA genera.

Es importante destacar la cantidad de energía que consume la IA, sobre todo porque existe el riesgo de que el creciente uso de agentes de IA autónomos, por ejemplo, provoque un fuerte aumento en la demanda de informática y electricidad.

Además, es imposible saber con certeza cuándo se tendrá en cuenta la eficiencia energética en el desarrollo de la IA. En caso extremo, si se acelera la inversión de capital y el uso de la IA agéntica, el consumo de electricidad podría superar los mejores pronósticos.

Sin embargo, de lo que no hay duda es que la tecnología no se convertirá en una bestia que consume todo. Gracias a su uso de energías renovables y al desarrollo de redes eléctricas más eficientes, es probable que la huella de carbono de la IA siga siendo manejable. Un aspecto de igual importancia es el hecho de que, a diferencia del trágico rey del mito griego, su poder se puede utilizar para proteger el planeta en lugar de dañarlo.